| El
choque o la confrontación de fuerzas es siempre empobrecedor
para ambos contendientes. Esto es válido tanto para el
vencido como para el vencedor.
Este
concepto es aplicable para el plano de la lucha física
como la que puede plantearse alrededor de una mesa de negociación
política o de negocios, o de otras situaciones de la
vida cotidiana.
"La
guerra es la política por otros medios" afirma
Von Clausevitz en su tratado Sobre la Guerra. Una frase tan
ingeniosa y contundente como desafortunada, que reduce las
relaciones entre naciones, entre bandos políticos y,
por extensión entre organizaciones y entre personas,
a un enfoque de confrontación permanente.
El
método dialéctico (afirmar una idea, negarla
y extraer una idea que sintetice ambas propuestas) pretende,
a su vez, extraer la verdad del antagonismo de ideas. Lo cierto
es que de la confrontación de ideas lo único
que se obtiene son otras ideas que no necesariamente serán
la verdad ni superadoras de la confrontación y que
el triunfo de una facción sobre la otra o de una idea
sobre la otra no equivale a la victoria de la verdad.
La
confrontación establece, ante todo, límites
a espacios físicos e ideológicos que cada parte
se obstina en defender. Ya no se trata de entender la postura
del contrario sino de abroquelarse sobre los propios esquemas
temiendo que la admisión de las posturas del otro provoque
el derrumbe de las propias.
En
todo caso, si se va a tener en cuenta las posturas del contrario
es porque no queda más remedio. Porque se comienza
a vislumbrar la derrota. Se trata solo de un retroceso estratégico.
Si en cambio se está ante la victoria, directamente
se ignora al adversario.
Así
es que ya sea con la victoria o con la derrota se produce
un gasto de la propia energía y no se aprovecha la
del contrincante. Ello sin entrar a considerar la degradación
intrínseca de la destrucción y de la muerte.
Este
es el mundo hostil que diseñó el hombre y que
hizo crisis a mediados del siglo XX cuando la sociedad se
dio cuenta que la escalada armamentista resultante de este
enfoque había llevado al mundo al borde del abismo
de la autodestrucción.
Grandes
personalidades de este siglo llamaron la atención sobre
los peligros a que se estaba enfrentando el género
humano por este camino.
Algunos
de ellos habían sido responsables de una u otra manera
del desarrollo de los mayores engendros de aniquilación
conocidos hasta el presente. Conscientes del monstruo latente
en sus creaciones pregonaron por frenar esta carrera.
Morihei
Ueshiba fue uno de esos grandes maestros. Proveniente de una
intensa formación en las Artes Marciales se relaciona
con el líder del movimiento religioso Omoto Kyo, Onisaburo
Deguchi.
Su
personalidad inquieta e idealista encuentra en los ejercicios
del Shinto meditativo, en los ritos de purificación
y en la práctica del kotodama -palabra espíritu-
el camino de evolución espiritual que le permitió
descubrir el sentido trascendente de la formación en
la Artes Marciales y articular con su Budo, el Aikido, el
mensaje de paz y unión para todos los hombres del mundo
y de armonía del hombre con la naturaleza.
El
valor extraordinario de la tarea del Fundador es que dicho
mensaje no se agota en discursos o enunciados teóricos,
más o menos abstractos. En su legado, el Aikido, se
encuentra el germen de este mensaje y su práctica constante
y sincera constituye en sí mismo el ejercicio espiritual
que integra los planos físico, mental y espiritual
de la persona, hace nacer la conciencia de la unión
con las otras personas y con todo lo que existe en el Universo.
La
verdadera victoria no se encuentra entonces en el sojuzgamiento
del enemigo sino en la transformación del enemigo en
aliado.
La
verdad no surge de la confrontación de los opuestos
sino de una rica y compleja integración. El Universo
es un vivo ejemplo de ello.
Noticias
de este mensaje se encuentran en todas y cada una de las prácticas
de Aikido. Desde la primera clase y sucesivamente luego de
10, 25 o 50 años de práctica, en distintos niveles
de profundidad surge la sorpresa de la experiencia inmediata,
unificadora, energizante y transformadora del Aikido.
Una
experiencia que imperceptible pero ineludiblemente vierte
sus efectos hacia los demás campos de la vida. Sea
cual sea la ocupación o profesión de la persona,
encontrará en el Aikido elementos nutrientes, ampliación
de horizontes, expansión de potencialidades y una colosal
cantera de alegorías que le servirán de herramientas
para la resolución positiva de los desafíos
que le presenta el diario vivir como individuo y como integrante
de su comunidad.
Luis
Guz
8 de Octubre de 2000
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